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Deposía. Un poema para cada momento.

Varios poemas de \"El vagabundo de la calle Algarve\" (Sombra)

.   - POEMAS DE LOCURA.

Comentario de la obra:


     Fotografía con veladura (Mujer ahogada en la playa de
    Tarifa)
     
     
    Si hubiera llegado hoy en un tren.
    Si hubiera llegado esta mañana, temprano, muy
    temprano, en un tren.
    Si hubiera llegado, cargada, muy, muy cargada,
    extraviada casi, en un terrible tren de pasajeros.
    De pasajeros chinos o blancos como yo. De terribles
    pateras amputadas.
    De aviones caídos, de coches, pasajeros de coches con
    airbag
    y os hubiera dicho -casualmente-:
    “Yo soy la hija de la hija de la hija de alguien
    descendiente directo de Averroes 
    -panteísta también mi bisabuelo-,
    o la tataraalgo del mismo ascendiente de Qahtan
    Muhammad al-Shaaabi”.
     
    Pero no. “No decir. No pronunciar acaso”.
    No podría contaros que mi nombre es normal
    descendencia del sur,
    descendencia de carne con hilachas,
    de tapices hilados con el sudor del sur,
    de tiempo de tampones de grasa de camello,
    de cubrirme la cara blanca oscura, con dos espejos
    negros como lunas
    aflorando del lienzo, sendas lágrimas como perlas de
    alcófar,
    de escupir un cordero de aromas emblemáticos
    contra el viento del norte,
    de escupir las palabras al bajar de este tren,
    de escupir el silencio de viajeros blancos, oscuros
    tal la noche
    cuando devoran mar,
    de escupir tantos pueblos, tantas demarcaciones
    pestilentes, con moscas en los labios -sin agua- de
    los niños,
    con oasis de miedo encendidos de rabia,
    de escupir en el tren.
     
    Si hubiera llegado esta mañana fría
    envuelta en algún tren de madrugada.
    Si hubiera llegado sin ropa a esa otra orilla
                                                   o
    con la ropa mojada de creer
    en el señor del norte o en Al-andalus.
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
    Fotografía sin título (Claroscuro)
     
     
    ...y quién soy yo
    para así preguntar
    quién, quién soy yo
    -aterida de frío en este espacio
    repleto de palabras como fuegos-,
    quién soy yo, así, para decir
    que estas pocas palabras
    que caen como versos
    no son libres palabras:
    pájaro, silencio, océano de pus,
    espacio, viento henchido, torrentera,
    la boca del amor, ojo, cinabrio...
    de quién son, de quién es todo esto.
     
    Siento miedo.
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
    Chiringuito de Zahara. Fotografía realizada con filtro
     
     
    Las casas de Zahara se derrumban.
    Ya no existe ese cuerpo que paseé por sus calles.
    Tampoco el fresco sexo con que hacía el amor:
    es como el ancla de este galeón que hay hundido.
     
    Cervantes recompone sus huesos y ahora escribe
    una nueva Galatea, porque la ilustre fregona ahora
    habla en inglés y baila en los suburbios de París o de
    Londres.
    “Can you help me?”, pregunta andaluzada al inglesito
    rubio
    que conoció, amigo de un teniente de entonces.
    El inglés, asimplado, le contesta
    “Yes, yes, I love very much esa...paña”.
    Con su entrepaño fláccido la ama nuevamente y a
    Cervantes
    se le adultera, presta, la pastora.
    Ah Galatea, la del cordero frágil, igual que aquel
    Platero onubense,
    Galatea, mi amor, no pienses en comprar los predios
    que antes fueron de los romanos muertos.
     
    Huele el sexo esta tarde a salazón espeso, porque el
    pobre Cachón lleva sus aguas muertas.
    Cuando compré el pescado, caído de la barca como un
    ángel furtivo-desplumado, y luego se encorvó, como la
    curva bóveda del barbero que aún escribía poemas a las
    reinas... Era la única bóveda de cañón que quedaba en
    la zona. No sé si aún estará, posterior al barbero que
    cortaba el pelo y la mojama. No sé si aún estará.
    Cuando compré el pescado y lo pagué a la Pepa,
    entonces el Cachón se podía oler.
    Las calles de Zahara tienen sabor a viejo, como el
    viejo tullido que le adoptó los hijos a aquella
    desnuda bailaora que quería triunfar como la espuma
    y le dijo a mi hermano, en tanto trasladaban la sucia
    botellona del butano por sus calles marinas:
    “Si no me chapas, eres maricón”.
    No debo hablar ya pues. Pues el destino es serio y
    quien lo toca lleva un hueso en la boca.
     
    Galatea, por Dios, acaríciame el brazo de servir otra
    vez, nuevamente, a la patria y encálame estos muros de
    miseria que antaño eran muralla enhiesta contra el mar
    y ahora son nido muerto de atún y desperdicios.
     
    El pescado no lo sirvo ni frito. La doncella se
    transformó en la noche en un Drag Queen del verso y
    ahora sirve sonetos.
     
    Oh ilustre fregona en manos del amor -de algún roteño
    incluso-.
    Fregona a la roteña, en algún restaurante famoso de
    Madrid que compró hace ya meses aquel terrateniente de
    Zahara.
    La tienducha, en donde vendía todo la soltera, era
    suya.
    Era suyo también el solo chiringuito de la playa
    y tres o cuatro redes que quedaban sin dueño eran de
    pescadores.
    Pero  a éstos, un día, les tocó de entremés la
    señorita ágil vestida de andaluza que cayó entre sus
    aguas.
    Las piscifactorías, pues, se quedaron sin dueña y
    algún americano que se llamó Tomás, o cualquier otro
    nombre vertido hacia el do you se largó a transformar
    hacia un nuevo mercado.
     
    Se están cayendo, caen, las casas de Zahara y sólo
    queda ya -en mi memoria obtusa- un lugar de cuyo
    nombre sí, aún puedo acordarme:
    había ortiguillas de mar, carabineros, chocos fritos
    con gracia, langostinos. Y porfié en la suerte de
    olvidarlos.
    Pero nunca se olvidan las comidas:
    tus besos eran sal contra la sal del mar,
    tu carne, agua.
    Como un pulpo gigante me aferraba a tu roca.
     
    Caen, caen en el olvido las casas de Zahara,
    en el olvido muertas,
    en la pluma que un día se olvidara aquel manco
    y la llevo prendida, como un lobo de mar.
     
    En la tristeza.
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
    Torso de mujer (en sepia)
     
     
    De dónde vengo cada día
    cuando salgo a la calle y no dispongo
    de moneda capaz de comprar la miseria.
    Y de dónde no vengo cuando entro en los patios
    de casas que me atraen
    como una viajera costumbrista.
    Y de dónde no soy.
    Y adónde voy cansada con el cuerpo de alguien que no
    es mío.
    Y de quién ahora soy. De quién soy yo, en la tarde,
    cuando me arrecia un frío y no sé dueño.
    De quién estos zapatos me hacen tanto daño.
    De quién son estos pasos cuando, dijo el poeta, hacen
    camino.
    De dónde muero cada día
    y qué cuerpo he vivido y hacia dónde.
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
    Andalucía (Fotografía desde el aire)
     
     
    Cuando llegué a este sur -al mismo justamente que es
    mi norte-, al que me recibió ataviado de caballos y
    trigos, girasoles, toros, que ya no están, en cada
    curva exacta de amplias carreteras. Cuando llegué al
    que fuera territorio de árabes, romanos, fenicios y
    tartesos -tanta gente realzando la historia de sus
    cosas-. Cuando cambié de mar y las playas atlánticas
    me mostraron nuevas olas saladas, sí, más frías,
    nuevas profundidades, tantos pueblos mirándose al
    espejo, un continente paralelo con otro que asomaba su
    cara de perfil en los días más claros.
    Cuando llegué al amor que es este sur de pueblos
    empinados, casas blancas, abismos donde dioses dan de
    beber los vinos, almajos que conservan la tierra, el
    paraíso, cotos que aún amagan su belleza de siempre.
    Cuando llegué a este río del olvido -al que siempre
    recuerdo desde niña mezclado con los nombres de la
    historia- y me acerqué a la torre Melgarejo -la de la
    cena amarga- y a las señales vivas de calzadas romanas
    -diminutos torreones que portaban antorchas
    encendidas- y a las tumbas, sepultas hace siglos,
    salpicadas de tierra sigilata, de sestercios y cobres,
    de memoria.
    Cuando llegué, pensando en Juan Ramón,
    Manolo Altolaguirre,
    en Cernuda,
    en Pablo Ruiz Picasso,
    en Alberti,
    en Bécquer y en Prados,
    en Mariana...
    Cuando llegué descalza a las columnas de Hércules y
    dije: ésta es mi tierra y un día he de morir para
    besarla y enterradme en el mar en donde huela a África
    y tantas otras cosas que me callo.
    Cuando llegué desnuda a esta mano de Dios, siempre en
    el sur, con sus dedos cual casas de vecinos, su boca
    que es un cante y bulerías, su baile de gitano y su
    perfil judío.
    Cuando llegué al amor a la palabra, a escribir estos
    versos en el sur. A tanta luz del sur que ahora es mi
    norte.
    Cuando llegué a mí, exactamente a mí, a desposeerme.
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
    Hispano Olivetti (Fotografía realizada en un juzgado
    de guardia)
     
     
    Harta ya de pisar los fémures que el tiempo depositó
    en la tierra.
    Harta ya de no entrar en tanto cine.
    Harta ya de decir: hasta mañana, sí, cenaré en tu
    casa.
    Harta ya de leer y que nadie me lea.
    Harta ya de no amar más que la sangre de una que se
    esparce
    y de dar a los gatos pedazos de miseria, que es lo que
    una tiene.
    Harta de no rimar y que la vida rime dos destinos.
    Harta de ir en tren hasta la gran ciudad y que no haya
    de vuelta, y sea
       tarde.
    Harta aún de esperar y que no me comprendas.
    Y tan harta que estoy aún sigo tecleando y las
    palabras se ríen de mis
      sueños.
    Harta. Harta. Terriblemente harta.
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     






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