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RECUERDOS

.   - POESÍA SOBRE LA NOSTALGIA.

Comentario de la obra:


     RECUERDOS

    Se oprime el corazón al recordarte,
    Madre, mi único bien, mi dulce encanto;
    Se oprime el corazón y se me parte,
    Y me abrasa los párpados el llanto.

    Lejos de ti y en la orfandad, proscrito,
    Verte nomás en mi delirio anhelo;
    Como anhela el presito
    Ver los fulgores del perdido cielo.

    ¡Cuánto tiempo, mi madre, ha transcurrido
    Desde ese día en que la negra suerte
    Nos separó cruel!... ¡Tanto he sufrido
    Desde entonces, oh Dios, tanto he perdido,
    Que siento helar mi corazón de muerte!

    ¿No lloras tú también ¡oh madre mía!
    Al recordarme, al recordar el día
    En que te dije adiós, cuando en tus brazos
    Sollozaba infeliz al separarme,
    Y con el seno herido hecho pedazos,
    Aun balbucí tu nombre al alejarme?

    Debiste llorar mucho. Yo era niño
    Y comencé a sufrir, porque al perderte
    Perdí la dicha del primer cariño.
    Después, cuando en la noche solitaria
    Te busqué para orar, sólo vi el cielo,
    Al murmurar mi tímida plegaria,
    Mi profundo y callado desconsuelo.

    Era una noche obscura y silenciosa,
    Sólo cantaba el búho en la montaña;
    Sólo gemía el viento en la espadaña
    De la llanura triste y cenagosa.
    Debajo de una encina corpulenta
    Inmóvil entonces me postré de hinojos,
    Y mi frente incliné calenturienta.

    ¡Oh! ¡cuánto pensé en ti llenos los ojos
    de lágrimas amargas! ... la existencia.
    Fue ya un martirio, y erial de abrojos
    El sendero del mundo con tu ausencia.

    Mi niñez pasó pronto, y se llevaba
    Mis dulces ilusiones una a una;
    No pudieron vivir, no me inspiraba
    El dulce amor que protegió mi cuna.
    Vino después la juventud insana,
    Pero me halló doliente caminando
    Lánguido en pos de la vejez temprana,
    Y las marchitas flores deshojando
    Nacidas al albor de mi mañana.

    Nada gocé; mi fe ya está perdida;
    El mundo es para mí triste desierto;
    Se extingue ya la lumbre de mi vida,
    Y el corazón, antes feliz, ha muerto.

    Me agito en la orfandad, busco un abrigo
    Donde encontrar la dicha, la ternura
    De los primeros días; ni un amigo
    Quiere partir mi negra desventura.
    Todo miro al través del desconsuelo;
    Y ni me alivia en mi dolor profundo
    El loco goce que me ofrece el mundo,
    Ni la esperanza que sonríe en el cielo.

    Abordo ya la tumba, madre mía,
    Me mata ya el dolor... voy a perderte,
    Y el pobre ser que acariciaste un día
    ¡Presa será temprano de la muerte!

    Cuando te dije adiós, era yo niño:
    Diez años hace ya; mi triste alma
    Aún siente revivir su antigua calma
    Al recordar tu celestial cariño.

    Era yo bueno entonces, y mi frente
    Muy tersa aún tu ósculo encontraba...
    Hace años, de dolor la reja ardiente
    Allí dos surcos sin piedad trazaba.

    Envejecí en la juventud, señora;
    Que la vejez enferma se adelanta,
    Cuando temprano en el dolor se llora,
    Cuando temprano el mundo desencanta,
    Y el iris de la fe se descolora.

    Cuando contemplo en el confín del cielo,
    En la mano apoyando la mejilla,
    Mis montañas azules, esa sierra
    Que apenas a vislumbrar mi vista alcanza,
    Dios me manda el consuelo,
    Y renace mi férvida esperanza,
    Y me inclino doblando la rodilla,
    Y adoro desde aquí la hermosa tierra
    De las altas palmeras y manglares,
    De las aves hermosas, de las flores,
    De los bravos torrentes bramadores,
    Y de los anchos ríos como mares,
    Y de la brisa tibia y perfumada
    Do tu cabaña está mujer amada.

    Ya te veré muy pronto madre mía;
    Ya te veré muy pronto, ¡Dios lo quiera!
    Y oraremos humildes ese día
    Junto a la cruz de la montaña umbría,
    Como en los años de mi edad primera.
    Olvidaré el furor de mis pasiones.
    Me volverán rientes una a una
    De la niñez las dulces ilusiones,
    El pobre techo que abrigó mi cuna.
    Reclinaré en tu hombro mi cabeza
    Escucharás mis quejas de quebranto,
    Velarás en mis horas de tristeza
    Y enjugarás las gotas de mi llanto.

    Huirán mi duda, mi doliente anhelo.
    Recuerdos de mi vida desdichada;
    Que allí estarás, ¡oh ángel de consuelo!
    Pobre madre infeliz... ¡madre adorada!.

     Ignacio Manuel Altamirano.


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