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Deposía. Un poema para cada momento.

Maria (Virgen de Fatina, Virgen de Guadalupe).

.   - POESÍA RELIGIOSA.

Comentario de la obra:


     MARIA

    Allí en el valle fértil y risueño,
    Do nace el Lerma y, débil todavía
    Juega, desnudo de la regia pompa
    Que lo acompaña hasta la mar bravía;
    Allí donde se eleva
    El viejo xinantécatl, cuyo aliento,
    Por millares de siglos inflamado,
    Al soplo de los tiempos se ha apagado,
    Pero que altivo y majestuoso eleva
    Su frente que corona eterno hielo
    Hasta esconderla en el azul del cielo.

    Allí donde el favonio murmurante
    Mece los frutos de oro del manzano
    Y los rojos racimos del cerezo
    Y recoge en sus alas vagarosas
    La esencia de los nardos y las rosas.

    Allí por vez primera
    Un extraño temblor desconocido,
    De repente, agitado y sorprendido
    Mi adolescente corazón sintiera.

    Turbada fue de la niñez la calma,
    Ni supe qué pensar en ese instante
    Del ardor de mi pecho palpitante
    Ni de la tierna languidez del alma.

    Era el amor: mas tímido, inocente,
    Ráfaga pura del albor naciente,
    Apenas devaneo
    Del pensamiento virginal del niño;
    No la voraz hoguera del deseo,
    Sino el risueño lampo del cariño.

    Yo la miré una vez, virgen querida
    Despertaba cual yo, del sueño blando
    De las primeras horas de la vida:
    Pura azucena que arrojó el destino
    De mi existencia en el primer camino,
    Recibían sus pétalos temblando
    Los ósculos del aura bullidora
    Y el tierno cáliz encerraba apenas
    El blanco aliento de la tibia aurora.

    Cuando en ella fijé larga mirada
    De santa adoración, sus negros ojos
    De mi apartó; su frente nacarada
    Se tiñó del carmín de los sonrojos;
    Su seno se agitó por un momento,
    Y entre sus labios espiró su acento.

    Me amó también. Jamás amado había;
    Como yo, esta inquietud no conocía,
    Nuestros ojos ardientes se atrajeron
    Y nuestras lamas vírgenes se unieron
    Con la unión misteriosa que preside
    El hado, entre las sombras, mudo y ciego,
    Y de la dicha del vivir decide
    Para romperla sin clemencia luego.

    ¡Ay! Que esta unión purísima debiera
    No turbarse jamás, que así la dicha
    Tal vez perenne en la existencia fuera:
    ¿Cómo no ser sagrada y duradera
    si la niñez entretejió sus lazos
    Y la animó, divina, entre sus brazos
    La castidad de la pasión primera?

    Pero el amor es árbol delicado
    Que el aire puro de la dicha quiere,
    Y cuando de dolor el cierzo helado
    Su frente toca, se doblega y muere.

    ¿No es verdad? ¿no es verdad, pobre María?
    ¿Por qué tan pronto del pesar sañudo
    Pudo apartarnos la segura impía?
    ¿Cómo tan pronto obscurecernos pudo
    La negra noche en el nacer del día?

    ¿Por qué entonces no fuimos más felices?
    ¿Por qué después no fuimos más constantes?
    ¿Por qué en el débil corazón, señora,
    Se hacen eternos siglos los instantes,
    Desfalleciendo antes
    De apurar del dolor la última hora?

    ¡Pobre María! Entonces ignorabas
    Y yo también, lo que apellida el mundo
    ¡Amor... amor! Y ciega no pensabas
    Que es perfidia, interés, deleite inmundo,
    Y que tu alma pura y sin mancilla
    Que amó como los ángeles amaran
    Con fuego intenso, mas con fe sencilla,
    Iba a encontrarse sola y sin defensa
    De la maldad entre la mar inmensa.

    Entonces, en los días inocentes
    De nuestro amor, una mirada sola
    Fue la felicidad, los puros goces
    De nuestro corazón... el casto beso,
    La tierna y silenciosa confianza,
    La fe en el porvenir y la esperanza.

    Entonces... en las noches silenciosas
    ¡Ay! Cuántas horas contemplamos juntos
    Con cariño las pálidas estrellas
    En el cielo sin nubes cintilando,
    Como si en nuestro amor gozaran ellas;
    O el resplandor benéfico y amigo
    De la callada luna,
    De nuestra dicha plácido testigo,
    O a las brisas balsámicas y leves
    Con placer confiamos
    Nuestros suspiros y palabras breves.

    ¡Oh! ¿qué mal hace al cielo
    Este modesto bien, que tras él manda
    De la separación el negro duelo,
    La frialdad espantosa del olvido
    Y el amargo sabor del desengaño,
    Tristes reliquias del amor perdido?

    Hoy sabes qué sufrir, pobre María,
    Y sentiste al presente
    El desamor que mezcla su hiel fría
    De los placeres en la copa ardiente,
    El cansancio, la triste indiferencia,

    Y hasta el odio que impío
    El antes cielo azul de la existencia
    Nos convierte en un cóncavo sombrío,
    Y la duda también, duda maldita
    Que de acíbar eterno el alma llena,
    La enturbia y envenena
    Y en el caos del mal la precipita.

    Muy pronto, sí, nos condenó la suerte
    A no vernos jamás hasta la muerte:
    Corrió la primera lágrima encendida
    Del corazón a la primera herida,
    Mas pronto se siguió el pensar profundo,
    Del desdén la sonrisa amenazante
    Y la mirada de odio chispeante,
    Terrible reto de venganza al mundo.

    Mucho tiempo pasó. Tristes seguimos
    El mandato cruel del hado fiero,
    Contrarias sendas recorriendo fuimos
    Sin consuelo ni afán... Y bien, señora,
    ¿Podremos sin rubor mirarnos ora?
    ¡Ah! ¡qué ha quedado de la virgen bella!
    Tal vez la seducción marcó su huella

    En tu pálida frente ya surcada,
    Porque contemplo en tus hundidos ojos
    Señal de llanto y lívida mirada.
    Con el fulgor de acero de la ira.
    Se marchitaron los claveles rojos
    Sobre tus labios ora contraidos
    Por risa de desdén que desafía
    Tu bárbaro pesar, ¡pobre María!

    Y yo... yo estoy tranquilo:
    Del dolor las tremendas tempestades,
    Roncas rugieron agitando el alma;
    La erupción fue terrible y poderosa...
    Pero hoy volvió la calma
    Que se turbó un momento,
    Y aunque siente el volcán mugir violento
    El fuego adentro del, nunca se atreve
    Su cubierta a romper de dura nieve.

    Continuemos, mujer, nuestro camino.
    ¿Dónde parar? ...¿Acaso los sabemos?
    ¿Lo sabemos acaso? Que destino
    Nos lleve como ayer: ciegos vaguemos,
    Ya que ni un faro de esperanza vemos
    Llenos de duda y de pesar marchamos,
    Marchamos siempre, y a perdernos vamos
    ¡Ay! De la muerte en el océano obscuro,
    ¿Hay más allá riberas?... no es seguro,
    Quién sabe si las hay; mas si abordamos
    A esas riberas torvas y sombrías
    Y siempre silenciosas,
    Allí sabré tus quejas dolorosas,
    Y tú también escucharás las mías

     Ignacio Manuel Altamirano.








     

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