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La araucana (Alonso de Ercilla) Fragmento

.   - POEMAS DE LOCURA.

Comentario de la obra:


     
    Canto XXX

    Contiene este canto el fin que tuvo el combate de tucapel y rengo.

    Asimismo lo que Pran, araucano, pasó con el indio Andresillo,

    yanacona de los españoles

    Cualquiera desafío es reprobado

    por ley divina y natural derecho,

    cuando no va el designio enderezado

    al bien común y universal provecho,

    y no por causa propia y fin privado

    mas por autoridad pública hecho,

    que es la que en los combates y estacadas

    justifica las armas condenadas.

    Muchos querrán decir que el desafío

    es de derecho y de costumbre usada

    pues con el ser del hombre y albedrío

    justamente la ira fue criada;

    pero sujeta al freno y señorío

    de la razón, a quien encomendada

     

    quedó, para que así la corrigiese

    que los términos justos no excediese.

    Y el Profeta nos da por documento

    que en ocasión y a tiempo nos airemos,

    pero con tal templanza y regimiento

    que de la raya y punto no pasemos,

    pues dejados llevar del movimiento,

    el ser y la razón de hombres perdemos

    y es visto que difiere en muy poco

    el hombre airado y el furioso loco.

    Y aunque se diga, y es verdad, que sea

    ímpetu natural el que nos lleva,

    y por la alteración de ira se vea

    que a combatir la voluntad se mueva,

    la ejecución, el acto, la pelea

    es lo que se condena y se reprueba

    cuando aquella pasión que nos induce,

    al yugo de razón no se reduce.

    Por donde claramente, si se mira,

    parece como parte conveniente,

    ser en el hombre natural la ira

    en cuanto a la razón fuere obediente;

    y en la causa común puesta la mira,

    puede contra el campión el combatiente

    usar della en el tiempo necesario,

    como contra legítimo adversario.

     

    Mas si es el combatir por gallardía,

    o por jatancia vana o alabanza,

    o por mostrar la fuerza y valentía,

    o por rencor, por odio, o por venganza;

    si es por declaración de la porfía

    remitiendo a las armas la probanza,

    es el combate injusto, es prohibido,

    aunque esté en la costumbre recebido.

    Tenemos hoy la prueba aquí en la mano

    de Rengo y Tucapel, que peleando

    por sólo presunción y orgullo vano

    como fieras se están despedazando;

    y con protervia y ánimo inhumano

    de llegarse a la muerte trabajando,

    estaban ya los dos tan cerca della

    cuanto lejos de justa su querella.

    Digo que los combates, aunque usados,

    por corrupción del tiempo introducidos,

    son de todas las leyes condenados

    y en razón militar no permitidos,

    salvo en algunos casos reservados

    que serán a su tiempo referidos,

    materia a los soldados importante

    según que lo veremos adelante.

    Déjolo aquí indeciso, porque viendo

    el brazo en alto a Tucapel alzado,

     

    me culpo, me castigo y reprehendo

    de haberle tanto tiempo así dejado;

    pero a la historia y narración volviendo,

    me oísteis ya gritar a Rengo airado,

    que bajaba sobre él la fiera espada

    por el gallardo brazo gobernada:

    el cual viéndose junto, y que no pudo

    huir del grave golpe la caída,

    alzó con ambas manos el escudo,

    la persona debajo recogida;

    no se detuvo en él el filo agudo,

    ni bastó la celada aunque fornida,

    que todo lo cortó, y llegó a la frente

    abriendo una abundante y roja fuente.

    Quedó por grande rato adormecido

    y en pie difícilmente se detuvo,

    que, del recio dolor desvanecido,

    fuera de acuerdo vacilando anduvo;

    pero volviendo a tiempo en su sentido,

    visto el último término en que estuvo,

    de manera cerró con Tucapelo

    que estuvo en punto de batirle al suelo.

    Hallóle tan vecino y descompuesto

    que por poco le hubiera trabucado,

    que de la gran pujanza que había puesto,

    anduvo de los pies desbaratado;

     

    pero volviendo a recobrarse presto,

    viéndose del contrario así aferrado,

    le echó los fuertes y ñudosos brazos

    pensando deshacerle en mil pedazos,

    y con aquella fuerza sin medida,

    le suspende, sacude y le rodea;

    mas Rengo, la persona recogida,

    la suya a tiempo y la destreza emplea.

    No la falta de sangre allí vertida

    ni el largo y gran tesón en la pelea

    les menguaba la fuerza y ardimiento,

    antes iba el furor en crecimiento.

    En esto Rengo a tiempo el pie trocado

    del firme Tucapel ciñó el derecho,

    y entre los duros brazos apretado

    cargó sobre él con fuerza el duro pecho.

    Fue tanto el forcejar, que ambos de lado,

    sin poderlo escusar, a su despecho,

    dieron a un tiempo en tierra de manera

    como si un muro o torreón cayera.

    Pero con rabia nueva y mayor fuego

    comienzan por el campo a revolcarse

    y con puños de tierra a un tiempo luego

    procuran y trabajan por cegarse,

    tanto que al fin el uno y otro ciego,

    no pudiendo del hierro aprovecharse,

    con las agudas uñas y los dientes

    se muerden y apedazan impacientes.

    Así, fieros, sangrientos y furiosos,

    cuál ya debajo, cuál ya encima andaban,

    y los roncos acezos presurosos

    del apretado pecho resonaban;

    mas no por esto un punto vagorosos

    en la rabia y el ímpetu aflojaban,

    mostrando en el tesón y larga prueba

    criar aliento nuevo y fuerza nueva.

    Eran pasadas ya tres horas, cuando

    los dos campiones, de valor iguales,

    en la creciente furia declinando

    dieron muestra y señal de ser mortales,

    que las últimas fuerzas apurando

    sin poderse vencer, quedaron tales

    que ya en parte ninguna se movían

    y más muertos que vivos parecían.

    Estaban par a par desacordados,

    faltos de sangre, de vigor y aliento,

    los pechos garleando levantados,

    llenos de polvo y de sudor sangriento;

    los brazos y los pies enclavijados,

    sin muestra ni señal de sentimiento,

    aunque de Tucapel pudo notarse

    haber más porfiado a levantarse.

     

    La pierna diestra y diestro brazo echado

    sobre el contrario a la sazón tenía,

    lo cual de sus amigos fue juzgado

    ser notoria ventaja y mejoría

    y aunque esto es hoy de muchos disputado,

    ninguno de los dos se rebullía,

    mostrando ambos de vivos solamente

    el ronco aliento y corazón latiente.

    El gran Caupolicano, que asistiendo

    como juez de la batalla estaba,

    el grave caso y pérdida sintiendo,

    apriesa en la estacada plaza entraba;

    el cual, sin detenerse un punto, viendo

    que alguna sangre y vida les quedaba,

    los hizo levantar en dos tablones

    a doce los más ínclitos varones.

    Y siguiendo detrás con todo el resto

    de la nobleza y gente más preciada,

    fue con honra solene y pompa puesto

    cada cual en su tienda señalada,

    donde acudiendo a los remedios presto,

    y la sangre con tiempo restañada,

    la cura fue de suerte que la vida

    les fue en breve sazón restituida.

    Pasado el punto y término temido,

    iban los dos a un tiempo mejorando,

     

    aunque del caso Tucapel sentido,

    no dejaba curarse braveando;

    pero el prudente General sufrido,

    con blandura la cólera templando,

    así de poco en poco le redujo

    que a la razón doméstica le trujo.

    Quedó entre ellos la paz establecida,

    y con solennidad capitulado,

    que en todo lo restante de la vida

    no se tratase más de lo pasado,

    ni por cosa de nuevo sucedida

    en público lugar ni reservado

    pudiesen combatir ni armar quistiones

    ni atravesarse en dichos ni en razones;

    mas siempre como amigos generosos

    en todas ocasiones se tratasen

    y en los casos y trances peligrosos

    se acudiesen a tiempo y ayudasen.

    Convenidos así los dos famosos,

    porque más los conciertos se afirmasen

    comieron y bebieron juntamente

    con grande aplauso y fiesta de la gente.




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    DEPOESIA. Ovidio Nason. Vega de Magaz, León
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