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EL TREN EXPRESO (Ramón de Campoamor)

.   - POEMAS DE PASIÓN.

Comentario de la obra:


     
    Habiéndome robado el albedrío
     
      un amor tan infausto como mío,
     
      ya recobrados la quietud y el seso,
     
      volvía de París en tren expreso:
     
      y cuando estaba ajeno de cuidado,
     
      como un pobre viajero fatigado,
     
      para pasar bien cómodo la noche
     
      muellemente acostado,
     
      al arrancar el tren subió a mi coche,
     
      seguida de una anciana,
     
      una joven hermosa,
     
      alta, rubia, delgada y muy graciosa,
     
      digna de ser morena y sevillana.
     
     



    II



                                    
        Luego, a una voz de mando
     
      por algún héroe de las artes dada,
     
      empezó el tren a trepidar, andando
     
      con un trajín de fiera encadenada.
     
      Al dejar la estación, lanzó gemido
     
      la máquina, que libre se veía,
     
      y corriendo al principio solapada,
     
      cual la sierpe que sale de su nido,
     
      ya al claro resplandor de las estrellas,
     
      por los campos, rugiendo, parecía
     
      un león con melena de centellas.
     
     



    III



                                      
        Cuando miraba atento
     
      aquel tren que corría como el viento,
     
      con sonrisa impregnada de amargura,
     
      me preguntó la joven con dulzura:
     
      - ¿Sois español?- y a su armonioso acento,
     
      tan armonioso y puro, que aún ahora
     
      el recordarlo sólo me embelesa,
     
      - Soy español,- le dije;- ¿y vos, señora?
     
      - Yo- dijo- soy francesa.
     
      - Podéis- la repliqué- con arrogancia
     
      la hermosura alabar de vuestro suelo,
     
      pues creo, como hay Dios, que es vuestra Francia
     
      un país tan hermoso como el cielo.
     
      - Verdad que es el país de mis amores
     
      el país del ingenio y de la guerra;
     
      pero en cambio,- me dijo,- es vuestra tierra
     
      la patria del honor y de las flores:
     
      no os podéis figurar cuánto me extraña
     
      que al ver sus resplandores,
     
      el sol de vuestra España
     
      no tenga, como el de Asia, adoradores.-
     
      Y después de halagarnos obsequiosos
     
      del patrio amor el puro sentimiento,
     
      nos quedamos silenciosos
     
      como heridos de un mismo pensamiento.
     
     



    IV



                                    
        Caminar entre sombras, es lo mismo
     
      que dar vueltas por sendas mal seguras
     
      en el fondo de un pozo del abismo.
     
      Juntando a la verdad mil conjeturas,
     
      veía allá a lo lejos desde el coche
     
      agitarse sin fin cosas oscuras,
     
      y en torno, cien especies de negruras
     
      tomadas de cien partes de la noche.
     
      ¡Calor de fragua a un lado, al otro frío!
     
      ¡Lamentos de la máquina espantosos,
     
      que agregan el terror y el desvarío
     
      a todos estos limbos misteriosos!...
     
      ¡Las rocas, que parecen esqueletos!...
     
      ¡Las nubes con entrañas abrasadas!...
     
      ¡Luces tristes! ¡Tinieblas alumbradas!...
     
      ¡El horror que hace grandes los objetos!...
     
      ¡Claridad espectral de la neblina!...
     
      ¡Juegos de llama y humo indescriptibles!...
     
      ¡Unos grupos de bruma blanquecina
     
      esparcidos por dedos invisibles!
     
      ¡Masas informes!,... ¡Límites inciertos!...
     
      ¡Montes que se hunden! ¡Árboles que crecen!...
     
      ¡Horizontes lejanos que parecen
     
      vagas costas del reino de los muertos!...
     
      ¡Sombra humareda, confusión y niebla!....
     
      ¡Acá lo turbio... allá lo indiscernible...
     
      y entre el humo del tren y las tinieblas
     
      aquí una cosa negra, allí otra horrible!...
     
     



    V



                                    
        ¡Cosa rara! Entre tanto,
     
      al lado de mujer tan seductora
     
      no podía dormir, siendo yo un santo
     
      que duerme, cuando no ama, a cualquier hora.
     
      Mil veces intenté quedar dormido,
     
      mas fue inútil empeño:
     
      admiraba a la joven, y es sabido
     
      que a mí la admiración me quita el sueño.
     
      Yo estaba inquieto, y ella,
     
      sin echar sobre mí mirada alguna,
     
      abrió la ventanilla de su lado,
     
      y como un ser prendado de la luna,
     
      miró al cielo azulado,
     
      preguntó, por hablar, qué hora sería,
     
      y al ver correr cada fugaz estrella,
     
      - ¡Ved un alma que pasa!- me decía.
     
     



    VI



                                    
        - ¿Vais muy lejos?- con voz ya conmovida
     
      la pregunté a mi joven compañera.
     
      - ¡Muy lejos,- contestó- voy decidida
     
      a morir a un lugar de la frontera!-
     
      Y se quedó, pensando en lo futuro,
     
      su mirada en el aire distraída,
     
      cual se mira en la noche un sitio oscuro
     
      donde fue una visión desvanecida.
     
      - ¿No os habrá divertido,-
     
      la repliqué galante,-
     
      la ciudad seductora
     
      en donde todo amante
     
      deja recuerdos y se trae olvido?
     
      - ¿Lo traéis vos?- me dijo con tristeza.
     
      - Todo en París lo hace olvidar, señora,-
     
      le contesté- la moda y la riqueza.
     
      Yo me vine a París desesperado.
     
      Por no ver en Madrid a cierta ingrata.
     
      - Pues yo vine,- exclamó,- y hallé casado
     
      a un hombre ingrato a quien amé soltero.
     
      - Tengo un rencor- le dije- que me mata.
     
      - Yo una pena- me dijo- que me muero.-
     
      Y al recuerdo infeliz de aquel ingrato,
     
      siendo su mente espejo de mi mente,
     
      quedándose en silencio un grande rato
     
      pasó una larga historia por su frente.
     
     



    VII



                                    
        Como el tren no corría, que volaba,
     
      era tan vivo el viento, era tan frío,
     
      que el aire parecía que cortaba;
     
      así el lector no extrañará que, tierno,
     
      cuidase de su bien más que del mío,
     
      pues hacía un gran frío, tan gran frío,
     
      que echó al lobo del bosque aquel invierno.
     
      Y cuando ella doliente,
     
      con el cuerpo aterido,
     
      - ¡Tengo frío!- me dijo dulcemente
     
      con voz que, más que voz, era un balido,
     
      me acerqué a contemplar su hermosa frente,
     
      y os juro por el cielo
     
      que, a aquel reflejo de la luz escaso,
     
      la joven parecía hecha de raso,
     
      de nácar, de jazmín y terciopelo;
     
      y creyendo invadidos por el hielo
     
      aquellos pies tan lindos,
     
      desdoblando mi manta zamorana,
     
      que tenía más borlas verde y grana
     
      que todos los cerezos y los guindos
     
      que en Zamora se crían,
     
      cual si fuese una madre cuidadosa,
     
      con la cabeza ya vertiginosa,
     
      le tapé aquellos pies, que bien podrían
     
      ocultarse en el cáliz de una rosa.
     
     



    VIII



                                    
        ¡De la sombra y el fuego al claro-oscuro
     
      brotaban perspectivas espantosas,
     
      y me hacía el efecto de un conjuro
     
      el ver reverberar en cada muro
     
      de la sombra las danzas misteriosas!...
     
      ¡La joven, que acostada traslucía
     
      con su aspecto ideal, su aire sencillo,
     
      y que, más que mujer, me parecía
     
      un ángel de Rafael o de Murillo!
     
      ¡Sus manos por las venas serpenteadas,
     
      que la fiebre abultaba y encendía,
     
      hermosas manos, que a tener cruzadas
     
      por la oración habitual tendía!...
     
      ¡Sus ojos siempre abiertos aunque a oscuras,
     
      mirando al mundo de las cosas puras!
     
      ¡Su blanca faz de palidez cubierta!
     
      ¡Aquel cuerpo a que daban sus posturas
     
      la celeste fijeza de una muerta!...
     
      ¡Las fajas tenebrosas
     
      del techo, que irradiaba tristemente
     
      aquella luz de cueva submarina;
     
      y esa continua sucesión de cosas
     
      que así en el corazón como en la mente
     
      acaban por formar una neblina!...
     
      ¡Del tren expreso la infernal balumba!...
     
      ¡La claridad de cueva que salía
     
      del techo de aquel coche, que tenía
     
      la forma de la tapa de una tumba!...
     
      ¡La visión triste y bella
     
      del sublime concierto
     
      de todo aquel horrible desconcierto,
     
      me hacían traslucir en torno de ella
     
      algo vivo rondando un algo muerto!
     
     



    IX



                                    
        De pronto, atronadora,
     
      entre un humo que surcan llamaradas,
     
      despide la feroz locomotora
     
      un torrente de notas aflautadas,
     
      para anunciar, al despuntar la aurora,
     
      una estación, que en feria convertía
     
      el vulgo con su eterna gritería,
     
      la cual, susurradora y esplendente,
     
      con las luces del gas brillaba enfrente.
     
      y al llegar, un gemido
     
      lanzando prolongado y lastimero,
     
      el tren en la estación entró seguido
     
      cual si entrase un reptil en su agujero.
     
     



    Canto segundo
    El día



    I



                                    
        Y continuando la infeliz historia,
     
      que aún vaga, como un sueño, en mi memoria,
     
      veo al fin a la luz de la alborada
     
      que el rubio de oro de su pelo brilla
     
      cual la paja de trigo calcinada
     
      por Agosto en los campos de Castilla.
     
      Y con semblante cariñoso y serio,
     
      y una expresión del todo religiosa,
     
      como llevando a cabo algún misterio,
     
      después de un- ¡ay, Díos mío!-
     
      me dijo señalando a un cementerio:
     
      - ¡Los que duermen allí no tienen frío!-
     
     



    II



                                    
        El humo en ondulante movimiento
     
      dividiéndose a un lado y a otro lado,
     
      se tiende por el viento
     
      cual la crin de un caballo desbocado.
     
      Ayer era otra Fauna, hoy otra Flora:
     
      verdura y aridez, calor y frío;
     
      andar tantos kilómetros por hora
     
      causa al alma el mareo del vacío;
     
      pues salvando el abismo, el llano, el monte,
     
      con un ciego correr que al rayo excede,
     
      en loco desvarío
     
      sucede un horizonte a otro horizonte
     
      y una estación a otra estación sucede.
     
     



    III



                                    
        Más ciego cada vez por la hermosura
     
      de la mujer aquella,
     
      al fin la hablé con la mayor ternura,
     
      a pesar de mis muchos desengaños;
     
      porque al viajar en tren con una bella
     
      va, aunque un poco al azar y a la aventura
     
      muy deprisa el amor a los treinta años.
     
      Y- ¿dónde vais ahora?-
     
      pregunté a la viajera.
     
      - Marcho olvidada por mi amor primero,-
     
      me respondió sincera,
     
      - a esperar el olvido un año entero.
     
      - Pero- ¿y después,- le pregunté,- señora?
     
      - Después- me contestó- ¡lo que Dios quiera!
     
     



    IV



                                    
        Y porque así sus penas distraía,
     
      las mías le conté con alegría,
     
      y un cuento amontoné sobre otro cuento,
     
      mientras ella, abstrayéndose, veía
     
      las gradaciones de color que hacía
     
      la luz descomponiéndose en el viento.
     
      Y haciendo yo castillos en el aire,
     
      o, como dicen ellos, en España,
     
      la referí, no sé si con donaire,
     
      cuentos de Homero y de Mari-Castaña.
     
      En mis cuadros risueños,
     
      pintando mucho amor y mucha pena,
     
      como el que tiene la cabeza llena
     
      de heroínas francesas y de ensueños,
     
      había cada llama
     
      capaz de poner fuego al mundo entero:
     
      y no faltaba nunca un caballero
     
      que por gustar solícito a su dama
     
      la sirviese, siendo héroe, de escudero.
     
      Y ya de un nuevo amor en los umbrales,
     
      cual si fuese el aliento nuestro idioma,
     
      más bien que con la voz, con las señales,
     
      esta verdad tan grande como un templo
     
      la convertí en axioma:
     
      que para dos que se aman tiernamente,
     
      ella y yo, por ejemplo,
     
      es cosa ya olvidada por sabida
     
      que un árbol, una piedra y una fuente,
     
      pueden ser el edén de nuestra vida.
     
     



    V



                                    
        Como en amor es credo
     
      o artículo de fe que yo proclamo,
     
      que en este mundo de pasión y olvido,
     
      o se oye conjugar el verbo te amo,
     
      o la vida mejor no importa un bledo;
     
      aunque entonces, como hombre arrepentido,
     
      el ver a una mujer me daba miedo,
     
      más bien desesperado que atrevido,
     
      - Y ¿un nuevo amor- la pregunté amoroso,
     
      -no os haría olvidar viejos amores?-
     
      Mas ella, sin dar tregua a sus dolores,
     
      contestó con acento cariñoso:
     
      - La tierra está cansada de dar flores;
     
      necesito algún año de reposo.-
     
     



    IV



                                    
        Marcha el tren tan seguido, tan seguido,
     
      como aquel que patina por el hielo;
     
      y en confusión extraña,
     
      parecen confundidos tierra y cielo,
     
      una mezcla de sueño y de montaña,
     
      pues cruza de horizonte en horizonte
     
      por la cumbre y el llano,
     
      ya la cresta granítica de un monte,
     
      ya la elástica turba de un pantano;
     
      ya entrando por el hueco
     
      de algún túnel que horada las montañas,
     
      a cada horrible grito
     
      que lanzando va el tren, responde el eco,
     
      y hace vibrar los muros de granito,
     
      estremeciendo al mundo en sus entrañas:
     
      y dejando aquí un pozo, allí una sierra,
     
      nubes arriba, movimiento abajo,
     
      en laberinto tal cuesta trabajo
     
      creer en la existencia de la tierra.
     
     



    VII



                                    
        Las cosas que miramos,
     
      se vuelven hacia atrás en el instante
     
      que nosotros pasamos;
     
      y, conforme va el tren hacia adelante,
     
      parece que desandan lo que andamos:
     
      y a sus puestos volviéndose, huyen y huyen
     
      en raudo movimiento,
     
      los postes del telégrafo, clavados
     
      en fila a los costados del camino;
     
      y, como gota a gota, fluyen, fluyen,
     
      uno, dos, tres y cuatro, veinte y ciento,
     
      y formando confuso y ceniciento
     
      el humo con la luz un remolino,
     
      no distinguen los ojos deslumbrados
     
      si aquello es sueño, tromba o torbellino.
     
     



    VIII



                                    
        ¡Oh, mil veces bendita
     
      la inmensa fuerza de la mente humana,
     
      que así el ramblizo como el monte allana,
     
      y al mundo echando su nivel, lo mismo
     
      los picos de las rocas decapita,
     
      que levanta la tierra,
     
      formando un terraplén sobre un abismo
     
      que llena con pedazos de una sierra!
     
      ¡Dignas son, vive Dios, estas hazañas,
     
      no conocidas antes,
     
      del poderoso anhelo
     
      dos grandes gigantes
     
      que, en su ambición, por escalar el cielo,
     
      un tiempo amontonaron las montañas!
     
     



    IX



                                    
        Corría en tanto el tren con tal premura,
     
      que el monte abandonó por la ladera,
     
      la colina dejó por la llanura,
     
      y la llanura, en fin, por la ribera;
     
      y al descender a un llano,
     
      sitio infeliz de la estación postrera,
     
      le dije con amor:- ¿Sería en vano
     
      que amaros pretendiera?
     
      ¿Sería como un niño que quisiera
     
      alcanzar a la luna con la mano?-
     
      Y contestó con lívido semblante:
     
      - No sé lo que seré más adelante,
     
      cuando ya soy vuestra mejor amiga.
     
      Yo me llamo Constancia y soy constante.
     
      ¿Qué más queréis- me preguntó- que os diga?-
     
      y, bajando al andén, de angustia llena,
     
      con prudencia fingió que distraía
     
      su inconsolable pena,
     
      con la gente que entraba y que salía;
     
      pues la estación del pueblo parecía
     
      la loca dispersión de una colmena.
     
     



    X



                                    
        Y, con dolor profundo
     
      mirándome a la faz, desencajada,
     
      cual mira a su doctor un moribundo,
     
      siguió:- Yo os juro, cual mujer honrada,
     
      que el hombre que me dio con tanto celo
     
      un poco de valor contra el engaño,
     
      o aquí me encontrará dentro de un año,
     
      o allí!...- me dijo señalando al cielo.
     
      Y enjugando después con el pañuelo
     
      algo de espuma de color de rosa
     
      que asomaba a sus labios amarillos,
     
      el tren (cual la serpiente que escamosa
     
      queriendo hacer que marcha, y no marchando,
     
      ni marcha ni reposa),
     
      mueve y remueve, ondeando y más ondeando
     
      de su cuerpo flexible los anillos;
     
      yal tiempo en que ella y yo la mano alzando,
     
      volvimos, saludando, la cabeza,
     
      la máquina un incendio vomitando,
     
      grande en su horror y horrible en su belleza,
     
      el tren llevó hacia sí pieza tras pieza,
     
      vibró con furia y lo arrastró silbando.
     
     



    Canto tercero
    El crepúsculo



    I



                                    
        Cuando un año después, hora por hora,
     
      hacia Francia volvía,
     
      echando alegre sobre el cuerpo mío
     
      mi manta de alamares de Zamora,
     
      porque a un tiempo sentía,
     
      como el año anterior, día por día,
     
      mucho amor, mucho viento y mucho frío;
     
      al minuto final del año entero,
     
      a la cita acudí cual caballero
     
      que va alumbrado por su buena estrella;
     
      mas al llegar a la estación aquella
     
      que no quiero nombrar, porque no quiero,
     
      una tos de ataúd sonó a mi lado,
     
      que salía del pecho de una anciana
     
      con cara de dolor y negro traje;
     
      me vio, gimió, lloró, corrió a mi lado,
     
      y echándome un papel por la ventana,
     
      - Tomad- me dijo- y continuad el viaje!-
     
      Y cual si fuese una hechicera vana
     
      que después de un conjuro, en alta noche
     
      quedase entre la sombra confundida;
     
      la mujer, más vieja, envejecida.
     
      De mi presencia huyó con ligereza
     
      cual niebla entre la luz desvanecida,
     
      al punto en que, llegando, con presteza
     
      echó por la ventana de mi coche
     
      esta carta tan llena de tristeza,
     
      que he leído más veces em mi vida
     
      que cabellos contiene mi cabeza:
     
     



    II



                                    
        -«Mi carta, que es feliz, pues va a buscaros,
     
      cuenta os dará de la memoria mía.
     
      Aquel fantasma soy, que, por gustaros,
     
      jugó a estar viva a vuestro lado un día.
     
         »Cuando lleve esta carta a vuestro oído
     
      el eco de mi amor y mis dolores,
     
      el cuerpo en que mi espíritu ha vivido
     
      ya durmiendo bajo unas flores.
     
         »Por no dar fin a la aventura mía,
     
      la escribo larga... casi interminable!...
     
      ¡Mi agonía es la bárbara agonía
     
      del que quiere evitar lo inevitable!
     
         »Hundiéndose al morir sobre mi frente
     
      el palacio ideal de mi quimera,
     
      de todo mi pasado, solamente
     
      esta pena os doy borrar quisiera.
     
         »Me rebelo a morir, pero es preciso...
     
      ¡El triste vive, y el dichoso muere!....
     
      ¡Cuando quise morir, Dios no lo quiso:
     
      hoy que quiero vivir, Dios no lo quiere!
     
         »¡Os amo, sí! Dejadme que habladora
     
      me repita esta voz tan repetida:
     
      que las cosas más íntimas ahora
     
      se escapen de mis labios con mi vida.
     
         »Hasta furiosa, a mí que ya no existo
     
      la idea de los celos me importuna;
     
      ¡juradme que esos ojos que me han visto
     
      nunca el rostro verán de otra ninguna!
     
         »Y si aquella mujer de aquella historia
     
      vuelve a formar de nuevo vuestro encanto,
     
      aunque os ame, gemid en mi memoria:
     
      ¡yo os hubiera también amado tanto!...
     
         »Mas tal vez allá arriba nos veremos,
     
      después de esta existencia pasajera,
     
      cuando los dos, como en el tren, lleguemos
     
      de nuestra vida a la estación postrera.
     
         »¡Ya me siento morir!... ¡El cielo os guarde!
     
      Cuidad, siempre que nazca o muera el día,
     
      de mirar al lucero de la tarde,
     
      esa estrella que siempre ha sido mía.
     
         »Pues yo desde ella os estaré mirando,
     
      y como el bien con la virtud se labra,
     
      para verme mejor, yo haré rezando
     
      que Dios de par en par el cielo os abra.
     
         »¡Nunca olvidéis a esta infeliz amante
     
      que os cita, cuando os deja, para el cielo!
     
      ¡Si es verdad que me amasteis un instante,
     
      llorad, porque eso sirve de consuelo!...
     
         »¡Oh padre de las almas pecadoras!
     
      ¡Conceded el perdón al alma mía!
     
      ¡Amé mucho, Señor, y muchas horas,
     
      mas sufrí por más tiempo todavía!
     
         »¡Adiós, adiós! Como hablo delirando,
     
      no sé decir lo que deciros quiero!
     
      ¡Yo sólo sé de mí que estoy llorando,
     
      que sufro, que os amaba y que me muero!»-
     
     



    III



                                    
        Al ver de esta manera,
     
      trocado el curso de mi vida entera
     
      en un sueño tan breve,
     
      de pronto se quedó, de negro que era,
     
      mi cabello más blanco que la nieve.
     
      De dolor traspasado
     
      por la más grande herida
     
      que a un corazón jamás ha destrozado
     
      en la inmensa batalla de la vida,
     
      ahogado de tristeza,
     
      a la anciana busqué desesperado,
     
      mas fue esperanza vana,
     
      pues, lo mismo que un ciego deslumbrado;
     
      ni pude ver la anciana,
     
      ni respirar del aire la pureza
     
      por más que abrí cien veces la ventana
     
      decidido a tirarme de cabeza.
     
      Cuando por fin sintiéndome agobiado
     
      de mi desdicha al peso,
     
      y encerrado en el coche, maldecía
     
      como si fuese en el infierno preso,
     
      al año de venir, día por día,
     
      con mi grande inquietud y poco seso,
     
      sin alma, y como inútil mercancía.
     
      me volvió hasta París el tren expreso.
     
    Fin

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