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Don Juan Facundo Quiroga (romancero Criollo)

.   - POESÍA SOCIAL.

Comentario de la obra:


     

     

    1° Parte

    Don Juan Facundo Quiroga,

    General de mucho bando,

    Que tuvo tropas de líneas

    Muchos pueblos a su mando.

    Hombre funesto y terrible

    Que fue el terror de Los Llanos,

    Era feroz, sanguinario,

    Bárbaro, cruel e inhumano.

    Tenía por apodo "El Tigre",

    Por su alma tan alevosa,

    Por su presencia terrible

    y su crueldad espantosa.

    Salta, Tucumán, Santiago,

    Se hallaban desavenidos.

    Marchó Quiroga a arreglarlos

    Para dejarlos unidos.

    Al partir le dice al pueblo

    Como algo que ya presiente:

    Sí salgo bien, volveré,

    Si no ¡Adiós, para siempre!

    Al ausentarse Quiroga

    Ya le anunciaba el destino

    Que había de perder la vida,

    En ese largo camino.

     

    Llevaba por compañero

    A su secretario Ortiz,

    Y apuraba la galera

    En aquel viaje infeliz.

    A pocas horas de andar

    En un arroyo fangoso,

    Se le agarró la galera,

    Y allí se puso penoso.

    Acude el maestro de posta,

    Mas no pudiendo salir,

    Al maestro mismo, Quiroga,

    A las varas lo hizo uñir.

    Al fin pudieron zafar,

    Y como una exhalación

    Cruzaba el coche la pampa,

    Sin hallar interrupción.

    En cada posta que llega,

    Pregunta muy afligido

    La hora que ha pasado un chasqui

    De Buenos Aires venido.

    Le contestan que hará una hora,

    Entonces, con duro acento,

    ¡Caballos!, les pega el grito,

    ¡Sin pérdida de momento!

    Y su marcha continúa,

    Mas quiso también el cielo,

    Molestar a ese bandido

    Que había ensangrentado el suelo.

    Durante tres días seguidos

    Le hace llover permanente;

    Se pone el camino horrible

    Convertido en un torrente.

     

    Al entrar en Santa Fe,

    Se le aumenta su inquietud

    Y en desesperada angustia,

    Se pone con prontitud.

    Le avisan que no hay caballos

    En la "Posta de Pavón"

    Y que el maistro estaba ausente,

    Para mayor confusión.

    Sufre una horrible agonía

    Al prever una parada,

    Y grita ¡Traigan caballos!

    Con una voz angustiada.

    Causaba asombro de ver

    En este hombre tan terrible,

    Ese extraño sobresalto

    Donde el miedo era visible.

    Después que logran marchar

    Dice, viendo para atrás:

    -"Si salgo de Santa Fe

    No temo por lo demás."

    Al pasar el río Tercero

    Todos los gauchos acuden,

    A ver a ese hombre famoso,

    Tal vez que en algo le ayuden,

    De alli lo hicieron pasar

    Casi alzando la galera.

    Por último, llega a Córdoba,

    Donde Reinafé lo espera.

    Estando en la posta ya,

    Pidiendo a gritos caballos,

    Ha llegado Reinafé,

     

    Solícito a saludarlo.

    Quiroga a las nueve y media

    Había a este punto llegado,

    No encontró caballo pronto,

    Por su arribo inesperado.

    Muy amable Reinafé

    Lo invitaba atentamente:

    -Pase en la ciudad la noche,

    Lo atenderé dignamente.

    Pero el salvaje Quiroga,

    Sin ninguna educación,

    Dice: ¡Caballos preciso,

    Para mejor atención!

    Viéndose así Reinafé,

    Por ese hombre, despreciado,

    Se regresó a la ciudad

    Enteramente humillado.

    Le llevaron los caballos

    A las doce de la noche,

    Hora en que siguió su viaje

    Con Ortiz dentro del coche.

    Al fin Quiroga llegó,

    A Tucumán y Santiago,

    Arregló todas las cosas

    Y emprende su viaje aciago.

    ¡A Córdoba! pega el grito,

    Y los postillones tiran,

    Resuenan los latigazos

    Y los caballos se estiran.

    Quiroga lo sabe todo,

    Hasta el peligro salvado,

     

    Sabe el grande que le espera

    Del enemigo burlado.

    2° Parte

    Mientras tanto Reinafé

    Le prepara los puñales,

    Que habían de acabar con él

    En desiertas soledades.

    Proponen los Reinafé.

    Como hombres muy advertidos,

    Llamar a un tal Santos Pérez

    Y a otros gauchos pervertidos.

    Santos Pérez se presenta,

    Como mozo de obediencia

    Y ¡Santas noches!, le dice:

    ¿Cómo se halla Vuecelencia?

    Allí mismo le proponen

    El matar a Don Facundo,

    Haciéndole ver el bien

    Que hará a la patria y al mundo.

    Y le dice Santos Pérez:

    -"Yo he de rendir obediencia

    Pero si lleva la firma

    de manos de Vuecelencia."

    Al escritorio se entraron,

    Estos hombres ya entendidos,

    A trabajar este plan,

    Sin que puedan ser sentidos.

    Y le dice Santos Pérez,

    Al acabar de firmar:

    Preciso en este momento

    Un chasqui para mandar.

     

    Y manda al Totoral Grande

    Que vuelvan por El Chiquito,

    Que le llaman a su gente,

    Yaques, Juncos y Benito.

    Yaques, juncos y Benito,

    Estos eran los bomberos,

    Que marchaban adelante

    Señalando el derrotero.

    Hacia el sud de "El Ojo de Agua"

    Al correo habían topado,

    Le preguntaron del coche,

    Que a dónde lo había dejado.

    Y le responde el correo,

    Hablando por sus cabales:

    En la posta "El Ojo de Agua"

    Quedan mudando animales.

    3° Parte

    Quiroga seguía su viaje

    Sin mayor inconveniente,

    Fía en el terror de su nombre

    Y su orgullo de valiente.

    Un poco antes de llegar,

    A la posta "El Ojo de Agua"

    Un joven salió del monte,

    Pidiendo que se pararan.

    Quiroga asomó primero

    Preguntando: ¿Qué se ofrece?

    -"Señor, quiero hablar a Ortiz,

    Si inconveniente no hubiese."

    Baja Ortiz de adentro el coche

    Para saber lo siguiente:

     

    "Deben matarlos a ustedes

    "Santos Pérez con su gente.

    "Se hallan en Barranca Yaco

    "Aguardando a la galera,

    "Del camino a los dos lados

    "Se han colocado de espera.

    "Tienen orden de matar

    "De postillones arriba,

    "Ninguna debe salvar

    "Ni los caballos con vida.

    "Aquí tiene este caballo

    "Que le traigo para usted,

    "Con el deseo de salvarlo

    "A casa lo llevaré."

    Era un joven Sandivaras

    Con un caballo ensillado

    Que quiere salvar a Ortiz,

    Por un servicio prestado.

    Con semejante noticia

    Ortiz se puso a temblar

    Y manifestó a Quiroga

    No debían continuar.

    Entonces dijo Quiroga:

    -No tenga ningún cuidado

    Mañana mismo esos hombres,

    Estarán a mi mandado.

    Facundo agradece al joven,

    Y de nuevo lo interroga,

    Mas le dice: -¡No ha nacido

    Quien lo matará a Quiroga!

    A un grito mío la partida,

     

    A mi orden se ha de poner,

    Y hasta Córdoba hemos de ir,

    Mañana usted lo ha de ver.

    Llegaron al "Ojo de Agua"

    Y allí saben igual cosa,

    Pasando el pobre de Ortiz,

    La noche más angustiosa.

    Esa noche sin dormir

    Pasó en amarga congoja,

    Todas las horas pensando,

    En sus hijos y en su esposa.

    Le manifiesta a Quiroga

    Su intención de no seguir,

    A lo que éste le contesta:

    -Es peor, amigo, no ir.

    Tuvo Ortiz que someterse

    Sufriendo mayor suplicio,

    Y como humilde cordero,

    Marchaba a su sacrificio.

    Quiroga llamó a su negro,

    Que le servía de asistente,

    En él ponía su confianza

    Porque era hombre muy valiente.

    Le ordenó limpiar las armas

    Y tenerlas bien cargadas,

    Por si llega la ocasión

    De ser bien aprovechadas.

    Y alzando nubes de tierra

    Se alejaron de estos puntos.

    El polvo íbalos cubriendo

    Porque iban a ser difuntos.

     

    En la "Posta de Intiguasi"

    No fueron pronto auxiliados,

    Dándoles tiempo a los gauchos

    Que estuvieran preparados.

    4° Parte

    Al pie de "Barranca Yaco"

    Treinta hombres había apostados,

    Para asaltar la galera

    En cuanto hubiera llegado.

    Ya sienten los latigazos

    De los pobres postillones,

    Y el andar de la galera

    Que viene a los sacudones.

    Ya miran venir el coche

    Rodando por el camino

    ¡A la carga! dice Pérez,

    Matemos a ese asesino.

    ¡Bendito Dios poderoso!

    En aquel terrible asalto,

    Un loro que allí venía,

    Les gritaba que hagan alto.

    "Hagan alto", decía el loro,

    Con su lengüita parlera,

    "Hagan alto, mi general,

    "Que le asaltan la galera."

    Y se asomó el General

    Con sus armas apuntando,

    Y pega el grito: A esa gente,

    ¿Quién la viene gobernando?

    Le responde Santos Pérez

    Y de este modo lo trata:

    "La hora te llegó, Quiroga,

     

    "Pierdes la vida y la patria."

    -¡No me mates, Santos Pérez!

    Le gritaba el General. . .

    Dame tregua de minutos

    Siquiera para rezar.

    Le responde Santos Pérez:

    -Yo, tregua no te he de dar,

    Yo no te daré más tregua

    Que al golpe de un pedernal.

    Y le dio un tiro en el ojo

    Sin dejarlo respirar,

    Y le dice: ¡Oiga el Quiroga!

    Se acabó ese General.

    También mataron a Ortiz

    A pesar de sus clamores.

    Allí sí que la pagaron

    Los justos por pecadores.

    Diez muertes son las que hicieron

    Con unos dos postillones,

    Que al ver morir a uno de ellos

    Se partían los corazones.

    -¡No me mate, señor Santos!

    Le decía el postillón,

    "Señor, ¡líbrame la vida,

    "Téngame usted compasión!"

    Le respondió el gaucho Pérez:

    -Yo no te puedo salvar

    Porque si te dejo vida

    Tú mismo me has de juzgar.

    Entonces dice uno de ellos:

    "De favor le pediré,

     

    Señor, líbrele la vida,

    Yo con él me ausentaré."

    Por respuesta Santos Pérez

    Le voló todos los sesos,

    En seguida al postillón

    Le cortó libre el pescuezo.

    Pegó un grito el postillón

    Cuando el cuchillo le entró.

    Este grito, decía Pérez,

    Que siempre lo atormentó.

    Se le grabó en el oído

    Aquel grito lastimero,

    Y en todas partes oía

    Del niño aquel ¡ay! postrero.

    Después de hacer estas muertes

    A ese gaucho le pesó,

    Y desfilando de a cuatro,

    A Sinsacate marchó.

    Tomó por refugio el monte

    A causa de su delito,

    Y allá oyó continuamente

    De aquel postillón el grito.

    Al fin lo empuja el destino,

    O de sus muertos las almas,

    A volver a la ciudad

    A la casa de su dama.

    Hacía unas cuantas noches

    A que Pérez, disgustado,

    Dio una paliza a su dama,

    Y luego se había ausentado.

    ¡Buenas noches, le dice ella!

     

    ¿Cómo has podido venir?

    Está la cama tendida,

    Ven, acostate a dormir.

    El gaucho estaba borracho,

    Y ella con gran aflicción,

    Lo invitaba a que se acueste

    Con su traidora intención.

    Este gaucho era temido,

    Por su valor temerario,

    Por muchos hechos de sangre

    en "La Sierra" y "El Rosario".

    La policía lo buscaba

    Temerosa de encontrarlo,

    Porque temblaba de miedo

    Al sólo pensar de hallarlo.

    Ella se acostó con él,

    Y al sentir que se ha dormido

    Se levantó de la cama

    Procurando no hacer ruido.

    Cuando ya se hubo vestido,

    A la calle se salió,

    Y en marcha a la policía

    Corriendo se presentó.

    -¡Albricias!, le dice al jefe,

    Y él dice: Las puede dar.

    -A Santos lo tengo en casa,

    Si lo quiere asegurar:

    A esto le contestó el jefe:

    ¡De dónde vas a saber

    Si Santos no ha de venir,

    Ni aun lo has de conocer!

     

    Y le responde la dama:

    ¡Como no hi conocer

    Si ahora noches pasadas

    Yo supe dormir con él!

    Entonces le dice el jefe:

    Cuatro onzas te voy a dar

    Y te voy a premiar bien

    Si lo haces asegurar.

    Y le responde la dama:

    Sin nada de eso, señor,

    Mande la escolta conmigo

    Y ya vendrá el malhechor.

    El jefe le dio los hombres

    Y a sus órdenes los puso.

    Vivo o muerto lo han de traer

    En seguida, les repuso.

    Cuando ya estuvieron cerca,

    Un poco antes de llegar,

    Les dice: Esperen aquí,

    Que lo voy a desarmar.

    Allí quedaron los hombres

    Esperando que volviera,

    Y preparando las armas

    Por lo que tal vez pudiera.

    Ya asomó por la ventana

    Haciendo señas por cierto

    De arrimarse sin cuidado,

    Que el gaucho parecía muerto.

    Sin embargo no llegaban

    Creyendo en esa ocasión

    Que aquella mujer pudiera

    Hacerles una traición.

     

    ¡Qué diablos de cordobeses,

    Les dice aquella mujer,

    Si ustedes no habían servido

    Ni para sapos prender!

    Al fin llegan a la puerta

    Y empiezan a tiritar,

    Ni aún oyendo los ronquidos

    No se quieren arrimar.

    Al fin pudieron entrar

    Y le rodiaron el lecho,

    Poniendo todas las armas

    Apuntadas a su pecho.

    ¡Bienhaya el valor de Santos

    Y la leche que mamó!

    Después de estar apretado

    A sus armas manotió.

    Ya se levanta la dama

    Haciéndose que llorar:

    ¡Lo llevan a mi querido,

    No me podré consolar!

    Y le dice Santos Pérez:

    ¡Qué te hacís la que llorás,

    Con estos llantos fingidos

    A mí no me has de engañar!

    Ya lo llevan a la cárcel

    A que sufra allí su pena,

    Para más seguridad

    Le ponen una cadena.

    Después pasó a Buenos Aires

    A donde fue procesado

    Y ante un gentío numeroso

    En la plaza fusilado.

     

    ¡Amigos, aquí presentes!

    Que les sirva de ejemplar

    La vida de Santos Pérez

    Y cómo vino a acabar.







    Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

    Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.






     

    DEPOESIA. Ovidio Nason. Vega de Magaz, León
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