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CUADERNILLO (sombra)

.   - POEMAS DE AMOR.

Comentario de la obra:


     Ciudad contra la lluvia
     
     
     
    Dolors Alberola
     
     
     
     
     
     

     
     
     
     
     
                       Sólo vive quien besa
    aquel cuerpo de ángel que el amor levantara.
    Luis Cernuda
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
    Signo
     
     
     
     
    Se hace invierno en las cosas. Se hace de noche, el lodo
    recubre la aritmética y la música
    parece estar silente en la caverna
    desde donde creemos
    en dioses imposibles y en arcángeles.
     
    La ciudad, viva, en cambio,
    va dejando en la piedra toda historia.
    El hábil mineral que nos precede y, ágil,
    sepulta nuestros cuerpos. Y perdura.
     
    Qué dios más fuerte tuvo la montaña,
    la piedra de granito, y tantas otras
    en las que el hombre, un día,
    dejó escritos sus sueños inmortales.
     
    Cae la noche, el pájaro
    descuenta un breve tiempo y son las flores
    material de deshecho tras los muros
    infranqueables, duros, del destino.
     
    Dónde se esconde el dueño,  el pintor que no existe,
    de un bisonte de sangre que nos mira
    más allá de los signos.
     
    Cae la noche ciega y una losa
    oculta las preguntas. Somos muertos.
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
    Epitafio
     
     
     
     
    En la ceniza fría de estas manos,
    la que anduve entre versos, guardo, ahora,
    tanto silencio roto como antaño.
     
    Morir es regresar a hacer poemas.
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
    Definición
     
     
     
     
    Amándote en el fuego,
    como hábil carroña que esperara
    una boca infernal que todo lo encendiera.
     
    Ya ves de cuánto amor te hago la víctima.
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
    Condena
     
     
     
     
    Y ahora alzas tus manos. Tu lengua, que es oasis.
    Tu piel, que es un estigma del amor.
    Tus besos, que me arrasan como pira
    voraz de sacrificios;
    y ya tengo un puñal en mi cintura,
    un puñal que me moja y me circunda y rompe
    esa rosa encendida que no quiere
    arder en más infierno que tu sexo.
    Pero –dicen- conlleva
    las otras maldiciones de la especie.
     
     
     
     
     
     
     
    Paisaje 
     
     
     
     
    Contemplo tantas calles.
    El tiempo es una tela que se espesa en el viento.
    Hay pájaros anclados en sus hilos
    y ramajes que quieren
    abrazar los espacios con su vuelo,
    pero nada es posible.
    Incluso un corazón late abatido
    por adobes que nunca parecen derrumbarse.
     
    Siento hambre de ti.  Los dientes se me anudan
    y, en derredor, me crece la agonía.
    La ciudad,
    lo mismo que un fetiche, va levantando hogueras
    y el verano se apoya en los portales
    igual que un vagabundo de sed y de cansancio.
     
    Mi casa es sólo un cuerpo. Un cuerpo que se abre,
    cuando tu mano, enhiesta, lo empuja con cautela.
    Mi cuerpo es una balsa
    por donde corre un río que me lleva a la muerte.
    Mi cuerpo es un cuchillo, se me clava
    y ahonda  sus heridas de lujuria.
    Tú eres el cuchillo,
    el hombre que me haces como una flor abierta,
    deshojada hacia ti y en cuyo cáliz vierto
    una lengua de sed que nos es necesaria.
     
    Miro contra la tela del tiempo y los sonidos
    se aprestan a gritarme que hay un marino herido
    deseando revivir entre mis aguas,
    que un vagabundo joven
    se ha tumbado a llamarme y grita tanto
    que las mujeres cruzan
    las calles taponando sus oídos.
    Resecas al amor, no escuchan la ventura
    porque les duele, acaso,
    esa marca final de todo vientre.
    Les duele que una boca
    se les muestre entreabierta y ya no puedan
    besar sus dulces labios. Porque, mío,
    el náufrago me busca y yo, corriendo,
    desciendo hasta su luz, que es toda luz ahora
    y me vierto en su carne y resucito
    al tacto que me dona los matices.
     
    Ahora todo está quieto
    y la tela se rompe, ya no existe
    más movimiento fijo que el amor,
    donde el tiempo se oculta, como una falsa víbora.
     
    La ciudad recompone
    sus rotas casas blancas y comienza
    a respirar de nuevo.
     
    Hay una niña en medio
    que nos abre sus brazos detenidos.
     
     
     
     
     
     
     
     
    Paseo vespertino en el Reina Cristina
     
     
     
     
    Es tarde y los jardines aún mantienen la luz.
    Mantienen esos ojos con que miro
    sus victorianas casas, sus palacios.
    Mantienen el amor, como si fuera un águila
    que, al no querer morir, se ahorque del ocaso.
    Mantienen esos dedos,
    hechos como gavillas, que me aferran
    -como blancos manojos de ceniza-
    y el trigo de tu cuerpo
    que me dora las sombras de la boca.
     
    Un viento te levanta y eres como una fuente
    que en mi espalda salpica todo el tacto.
    Un viento que secciona
    y me dibuja, en sueños, torbellinos,
    donde erizas mis pechos, tan sólo con tocarlos.
    No es todavía noche y ya es la noche,
    la linde que separa nuestros cuerpos,
    como un margen de río, sin contener sus aguas.
     
    Caminamos; camino
    hacia dentro de ti. Tú te aventuras
    en la selva ruidosa de mi lengua.
    Desandas todo paso,
    hasta llegar al nido donde todo
    se levanta de nuevo. Te he ofrendado mi reino
    en esta tarde antigua donde el rito
    retorna a la niñez. Y ahora, yo, más pequeña,
    con el amor más grande colgando de mi peso
    que, ingrave, voy dejando en tus mejillas,
    llevo en mis manos rotas un barco vegetal
    y una delgada flauta, los mismos, que recuerdo,
    juguetes de mi infancia-.
     
                                                   Y ahora
    -cuando miro la tarde y aún no es tarde,
    no es tarde, aún, amor-, cuando las rosas
    se expanden de silencio y se esconde la lluvia
    y todo el firmamento
    parece estar dispuesto a su mutismo,
    suena, empero, una música
    y un corazón se saja de mis labios
    y se derrama en ti,
    tal si fuera una hiedra. Y te posee.
     
    Trepa como una fiera el corazón
    que no quiere morir
    y se despeña ardiente y en tu roca
    se queda acurrucado y ya no busca
    latir en más caricia que tu herencia.
    Y esa niña retorna,
    tal vez, a ser mujer y a devorarte
    y a derribar sus plazas y tus fuentes
    y a dejarse rehacer, nuevamente, a tu modo.
    Y aún a gritarte, dócil,
    -en el silencio ya de, este, su nuevo tiempo-
    que la poseas, ames, destruyas, hagas nido
    de todas sus alcobas desoladas.
     
    La tarde va cediendo sus matices
    y la noche, que sabe
    de ese dolor amargo del amor
    contra el largo meandro de las horas lejanas,
    se rinde clamorosa y sus banderas
    nos cubren con la sombra. El firmamento en ónices
    ha guardado el paisaje hasta la aurora.
     
    Suena un beso en las ramas y dos cuerpos
    se han dejado morir. Se abre la noche.
     
    Los jardines, ardiendo, destruyen ese hotel
    y Federico vuelve
    a recitar sus versos más oscuros.
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
    Cuerpo ardido
     
     
     
     
    Mira estas manos mías
    por las que corren ríos de miseria
    que junto a ti se hicieron como flores
    -desde mis dedos breves
    que buscaban la cima de los verbos
    tu presencia les daba tantos cantos,
    tantas guitarras muertas recobraban las notas,
    tantas leyendas vivas
    venían a enredarse, y eran versos-.
     
    Mira mis ojos, secos
    de tanto manar secas cascadas y abismarse.
    Mira el salto de agua de mi boca
    o mi laguna ardida de la sal,
    mis pechos como garzas,
    ateridas de miedo, que te llaman,
    te gritan, te suplican que lances
    tu mano hacia mi cuerpo, lo despiertes de nuevo.
     
    Yo soy la niña muerta que te dona el puñal
    para que mates, rompas, asesines de un tajo
    la muerte que la ocupa.
     
    Yo soy el cieno amargo que se eleva
    como una flor de duelo, agraz y húmeda
    y abierta de rocío hacia tu carne.
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
    Ciudad contra la lluvia
     
     
     
     
    Levanto la tristeza de mis ojos.

    Acá tienes, enhiesta, a la mujer
    de vidrio herido y roto.
    Por amor es ciudad, y eleva chimeneas
    -versos que son gaviotas- por el aire.
     
    Sabe que existe un hombre
    que siembra sus cimientos y le traza
    sus plazuelas y calles,
    arrogantes, sus fuentes, y balcones.
    Un arquitecto sordo de su carne.
    Un dios cierto y menor,
    como todos los dioses que perduran.
     
     
     
     
    Él escucha los versos que le leo
     
     
     
     
    Desnudo de ilusión se tumbaba en el lecho.
    La triste prostituta del dolor lo poseía y, luego,
    lo dejaba morir en lentísimas notas.
     
    Abrí sólo una página, y un poema
    le arrancó toda losa y el olvido
    le devolvió las alas.
     
    Yo pronuncio, desnuda:
     
    Sólo vive quien besa
    Aquel cuerpo de ángel que el amor levantara.
     
     
     
     
     
     

     
     
     
     
     
     
     
     
     

     
     
     
     
     
     

     





    Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.






     

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